(drama de la vida real)
todo comienza con Percy.
skateboarding is not a crime
Percy montaba skate. Un Rob Roskopp Eye que sus padres le habían encargado a un amigo de un pariente que viajaba a Miami. Su circuito de finales de los años 80 era el barrio de Neptuno (cruzando la Javier Prado a la altura de la Universidad de Lima), La Molina Vieja, y el Skate Park de Javier Prado.
Después del mundial Italia 90, se vio forzado a hacer algunos ajustes. Cumplía 14 años y sus amigos dejaban el skate por nuevos pasatiempos de turno (fiestas quinceañeras, decoración de trapper keepers). Pero el skateboarding no se desvanecía como moda limeña sino que regresaba a su esencia, como la de Percy, rebelde y contracultural.
Este cambio afectó el circuito geográfico y social de nuestro amigo. Estuvo involucrado en rencillas menores con la ley (en el distrito de Santa Patricia), se tatuó el hombro izquierdo, y probó marihuana.
A los 18 años lo vimos bajar de un auto que parecía estar incendiándose, pero eran Percy y tres amigos fumando tipo Peter Tosh. No había por qué alarmarse.
el MIT
Los que sí se alarmaron fueron sus padres, profesores universitarios ambos, quienes tomaron la desesperada medida de enviarlo donde una tía lejana en Australia. De paso que se desintoxicaba, iniciaría estudios en un instituto tecnológico en Melbourne ("el MIT").
Uno no puede imaginar una decisión paternal más torpe y a la vez afortunada. Se perdió por completo el rastro de Percy por varios años. Nadie sabía si seguía estudiando o si vendía cueritos y shakiritas en Queen Victoria Market que, vale la pena decirlo, quedaba solamente a 19,000 kilómetros de distancia de Lima.
Cuando finalmente reapareció, se había graduado con diploma del MIT y trabajaba como operador de logística en FedEx. No crean que cargando cajas u operando un forklift, sino frente a una computadora, organizando, resolviendo problemas complicados, o sea craneando.
"Australia cambió el rumbo de mi vida 180 grados," comentaba en un futuro distante, "para comenzar, aquí se maneja al lado derecho. Y lógicamente todo lo que pasa conmigo desde que inmigro, es exactamente lo opuesto a lo que habría pasado si me quedaba en el Perú..." Hacía una pausa y miraba pensativo el estrecho de Bass desde la Landcruiser. "Putamadre, hasta graduado de MIT soy."
En esa Landcruiser viajaban, en el asiento trasero, J, y de copiloto, mediodiablo. Era enero del 2015 y esa mismísima noche era la noche en que dos alemanas empezaban a desvestirse.
the great ocean road y la democracia
Salimos de Melbourne sin itinerario. Solamente sabíamos lo necesario: recorrer 500 kilómetros de The Great Ocean Road y llegar a Warrnanbool o a Portland.
A los 100 kilómetros comenzó lo que más adelante se revelaría como el génesis de nuestra agonía. Después de una breve parada en la ciudad de Geelong (donde increíblemente J a sus 38 años compró un skateboard), llegábamos al pueblo costero de Torquay.
"Tengo filo. Jama." dijo Percy. Pasamos frente a un farmers market, luego varios restaurantes, y terminamos estacionando cerca del museo del surfing.
Yo no esperaba mucho. Una mesa simple, una silla cómoda, una cerveza helada, y una mesera (con pronombres she/her) que nos tomara la orden. Elementos básicos de la dignidad humana.
Pero no. Apenas señalaba este o aquel restaurante, Percy y J se oponían.
Caminábamos en dirección hacia el farmers market y Percy dijo que era mejor comer ahí ("más baratieri"). Pero no hay sillas, dije. "Sometámoslo a voto" sugirió el genio de J e inmediatamente los HDP votaron por el farmers market.
A partir de ese momento, este proceso democrático y justo se apoderó de todas las decisiones.
Una de ellas era el alojamiento. Los cojudos de J y Percy preferían pasar la noche en hosteles que en hoteles. Por un lado: aire acondicionado, camas limpias, baño privado, dignidad. Por otro lado: cuartos compartidos con seis, ocho, diez camas, gente que ronca, olores raros, baños comunales.
"I can't even say I made my own mistakes. Really —one has to ask oneself— what dignity is there in that?" (Stevens in Remains of The Day / K. Ishiguro)
las alemanas empezaban a desvestirse
La razón por la cual Percy y J se inclinaban por el masoquismo del hostel era simple a nivel superficial y Freudiana a niveles más hondos.
Yo: "Por qué siguen votando para que nos quedemos en hosteles? Ya van dos noches de mierda."
Ellos: "Para conocer hembritas."
De qué hembritas hablaban, no lo sé. Lo que sí sé es que presencié el mismo espectáculo que oscilaba entre lo patético y lo entrañable (para usar una palabra de Julio Iglesias) las dos noches anteriores. Un par de vejetes de 38 años con cervezas en mano deambulando por las áreas comunales del hostel, intentando entablar conversación con viajeras quince (y hasta veinte) años más jóvenes.
Lo que también sé es que el único que logró acercarse a ese anhelo de adolescente fue vuestro servidor. Y sucedió de esta manera: después de escucharles estupidez y media a mis dos camaradas y al adyacente grupo de mocosos, decidí retirarme a dormir.
Eran las 10:00pm, hora prematura para los estándares de mochileros malandrines. Era un dormitorio con tres juegos de camarotes. No había nadie. Apagué la luz, cerré la puerta, y me eché en una de las camas a huevear en el celular. El ruido de afuera se escuchaba lejano y apagado.
No habrían pasado más de 15 minutos cuando escuché pasos acercarse. Como no quería socializar, me hice el dormido. Se abrió la puerta y entraron las dos alemanas que J y Percy habían estado tasando desde lejos fallidamente.
"Si estos cojudos supieran que estamos en el mismo cuarto", pensé.
Y es entonces que pasó lo que pasó: las alemanas, al unísono, empezaron a desvestirse. Por completo. Calatayud. Yo seguía "durmiendo" obviamente, pero tuve el killer instinct de preparar la cámara del celular.
Pensé en mis entrañables amigos allá afuera hablando cojudeces, y apreté el botón para grabar.
Y salió el HDP flash.