A pocas cuadras de casa hay un Starbucks. Es uno de mis lugares preferidos para pasar una tarde de domingo. Es espacioso, con techos altos, aire acondicionado, sin hobos, con un constante flujo de gente entrando y saliendo, perfecto para hacer “people-watching”.

Siempre hay mesas vacías y mesas ocupadas. En las ocupadas hay gente que no volveré a ver en esta vida pero también hay personajes que pasan todo el día aquí y me incomodan porque me hacen sentir que también soy uno de ellos. Está el tipo que, no importa cuánto calor o frío haga afuera, siempre viste el mismo disfraz de miedo: sombrero de ante (ala mediana), lentes oscuros, casaca de cuero negra, camisa de seda negra (dos tallas más grandes de lo adecuado), pantalón cargo, botas estilo militar. Este loco es alto, pálido, y flaquísimo. Le echo unos treinta y cinco años de edad. No emite ningún sonido, tiene los ojos clavados en su laptop todo el tiempo y no importa en qué momento del día pase por Starbucks, siempre está aquí. Siempre.

Después sigue un gordito tipo George Costanza pero de pelo largo, barba tipo Abraham Lincoln (es decir, sin bigote), el rostro trajinado con huellas de un acné remoto, casaca de cuero negra con un emblema en la espalda al estilo Hell’s Angels, y siempre cargando platillos y tambores de batería. Seguramente es batero de alguna banda local. Edad: 45 años. También usa lentes de sol dentro del local. (Ojo que una regla esencial de cojudeces.com es quitarse los lentes de sol máximo tres segundos después de entrar a un lugar techado).

Luego está el estudiante. Un chinín que está bordeando los 45 años también y que evidentemente, dado su fashion style, creció en algún lugar bastante alejado de Los Angeles. Zapatillas blancas, viejas. Medias blancas de deporte. Pantalones khakis. Polo percudido con un logo ya indescifrable (creo que dice Verizon) después de 500 lavadas y secadas en máquinas Maytag. El cojudo estudia como loco, siempre el mismo libro de texto: C++ Programming. Y sus hojas sueltas de papel cuadriculado llenas de garabatos.

En fin.

Están también los sexa, septa, e incluso octogenarios que vienen a leer el diario o hacer apuntes interminables en cuadernos de notas. Escriben endemoniadamente. Viven solos. Lo sé porque nadie les hace un control de calidad a sus atuendos. No hay nostalgia, remordimiento, complacencia ni amargura en esas caras. Y mucho menos vergüenza.

Y aquí estoy yo, CSM!