Cash manda?

Ya que el dealer donde compramos el Rabbit no ofrecía más que un sencillito por nuestro siempre fiel pero venido a menos Civic, decidimos darnos el trabajo de venderlo por nuestra cuenta. Lo lavamos de cabo a rabo, le tomamos cinco fotos y pusimos un anuncio en cars.com. A la semana llamó Matt, un tipo de unos veintidós años, dijo que era mecánico y concertamos una cita; después de examinar la cafetera (el Civic) dijo que le gustaba y quería comprarla -qué fácil y cómodo es vender carros, pensamos. Fuimos al banco, en la ventanilla: - Buenos días, queremos hacer una transferecia de la cuenta de Matt a la nuestra. - ¿Cuánto desea transferir? - Cinco quinientos. - Joven, ¿y cómo los piensa transferir desde una cuenta vacía?

Miramos a Matt, él también estaba sorprendido. - Pero si hoy por la mañana deposité un cheque por más de seis. - Joven, aquí veo el cheque en la pantalla, pero los fondos no estarán disponibles hasta el lunes.

Putamare. Al salir del banco, Matt nos suplicó que lo esperáramos hasta el lunes, que no vendiéramos la cafetera a nadie más que a él. Nosotros tan bonachones le dijimos no te preocupes, el auto será tuyo, pero una cosa: el lunes salimos de viaje y no volvemos hasta el viernes, qué te parece si el próximo sábado cerramos el trato? Matt nos dijo que perfecto y que por favor lo llamáramos el viernes por la noche para confirmar lo del sábado. Trato hecho. El viernes por la noche, desde el aeropuerto, marcamos el número de nuestro cliente Matt. - Aló? - Matt, qué tal, te llamamos para confirmar lo de mañana. - Ah? - Lo del Civic que hemos separado para ti. - Ah, el Civic! Esteee, lo siento... compré otro auto.

Maldito. Le deseamos buena suerte y que se fuera al carajo.

Al siguiente día llamó Joe, nos encontramos en el estacionamiento de un shopping mall. Joe se llamaba en realidad José y llegó con su esposa. Una pareja joven de latinos, algo humilde además. Nos cayeron muy bien, tal vez porque eran muy amables, tal vez porque se veían vulnerables.

Nos dijeron que andaban desesperados porque habían tenido un accidente y su auto había quedado destruido, necesitaban un carro para trabajar. Nos dio pena y en silencio decidimos hacer todo lo posible por ayudarlos, si no tenían lo suficiente, rebajaríamos el precio, cualquier cosa con tal de ayudar a estos chicos.

La esposa de Joe dio una vuelta en la cafetera y quedó enamorada, habló con Joe en privado y luego nos dijeron que sí, que querían el auto pero que no podían ofrecer lo que pedíamos. Nos ofrecieron 300 cocos menos y nosotros aceptamos al instante, todo con tal de ayudar. Luego nos preguntaron si sería mucho pedir que les separáramos el auto porque no tenían la plata en mano, que irían al banco el lunes a primera hora a solicitar un préstamo. "No se preocupen, el préstamo se lo harán en un segundo, el auto es suyo, no queremos venderlo sino a ustedes, porque sabemos que cuidarán bien de él. Entonces hasta el lunes."

El lunes por la tarde recibimos una llamada, la voz de José no sonaba muy entusiasmada: "fui al banco y me rechazaron." En este momento pasamos de ser vendedores de cafeteras a asesores financieros. Le dimos ánimos y le recomendamos volver al banco, pero esta vez acompañado de su esposa, así el ingreso de ambos podría ser considerado para evaluar la solicitud; también le sugerimos que otra alternativa sería usar alguna línea de crédito siempre y cuando tuvieran una oferta de 0% de interés, y que luego, al término de la oferta, fueran a algún banco a refinanciar. Bueno, ya estamos dando mucho floro, en resumen, José nos agradeció de corazón y nos prometió que haría todo lo posible por obtener los fondos cuanto antes ya que el carro les había gustado mucho y, sobre todo, por lo necesitaban.

Esperamos hasta el jueves, José nos llamó otra vez: "nos volvieron a rechazar el préstamo, dicen que ganamos muy poco... pero llamamos a Chase y nos van a depositar de la línea de crédito, y es con 0% de interés!". Después añadió: "pero dicen que la plata no estará disponible hasta la próxima semana."

Le dijimos que estuviera tranquilo, que lo esperaríamos, que el auto era suyo. Habíamos estado recibiendo llamadas de gente interesada, pero a todos les decíamos que ya habíamos vendido la cafetera. Pero esa noche nos acordamos del huevonazo de Matt, y nos entró la paranoia; ¿qué tal si sucede algo inesperado y ellos no cuentan con la plata la próxima semana? Dentro de dos semanas partimos hacia Puerto Rico por 15 días y si no nos deshacemos de la cafetera para entonces, estaremos pagando seguro por las puras. Esta incertidumbre nos persiguió toda la noche.

Al día siguiente, viernes, nos llama un tal Josh, que quería ver el auto si aún seguía disponible. Accedimos. Llegó a la cita con su papá, Josh acababa de graduarse de UCLA y su padre quería comprarle un carro porque el de Josh ya estaba demasiado carcocha. Llevamos la cafetera a un taller para que la examinaran; mientras lo hacían, tomamos un café por ahí en Starbucks y estuvimos charlando con Josh y su padre, era una familia a la que obviamente no le faltaba nada, de clase media, con todos los hijos en la universidad y los padres trabajando. Despacio libábamos nuestro green tea y sentíamos que traicionábamos silenciosamente a los pobres Joe y esposa. Si los mecánicos encontraban la cafetera en buen estado, Josh la compraría, no había duda; inconscientemente empezamos a hacer fuerzas para que encontraran defectos en la cafetera.

- No sé quién será el dueño, pero esta cafetera está en excelente estado. -declaró el mecánico. Listo. Caput.

El tío nos ofreció 600 cocos más de los que ofrecía Joe y le dijimos adiós a nuestra amada cafetera. Al llegar a casa teníamos un nudo en la garganta. ¿Qué hacer con Joe? Podría decirse que no había nadie a quien culpar, eran las leyes del mercado, punto, pero no nos convencíamos. Josh y papá habían pagado 600 más, pero no toda la satisfacción era pecuniaria, venderle el auto a Joe era ayudarlo, y eso valía más de seiscientos o mil o dos mil. Puñete decía que eran las leyes del libre mercado, mala suerte para Joe, el cash contante y sonante mandaba, qué pena. Jano se lamentaba: "son las leyes del mercado, pero por qué siempre tienen que joder al pequeño, al que menos puede. Hemos debido ayudarlo. Ahora qué hacemos con él?".

Teníamos dos opciones: 1) olvidarnos de Joe para siempre, no contestarle el teléfono y jamás devolverle sus llamadas, o 2) llamarlo cuanto antes para que no pierda tiempo y aproveche el fin de semana en buscar otro auto en vez de andar agobiado esperando que lo llamemos de vuelta. La primera opción la descartamos inmediatamente, así que, carajo, cogimos el teléfono y marcamos a Joe pero, al escuchar su entusiasmada voz, no tuvimos el coraje de darle las malas noticias. - Joe, cambio de planes. - ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? - preguntó desesperado. - Estamos viajando a Puerto Rico el próximo viernes y hemos estado pensando que si no concretamos el trato para entonces, nos quedaríamos sin vender el auto por dos o tres semanas más. No nos conviene. - Pero no se preocupen, ya les dije que Chase nos transfiere el dinero este miércoles. - Lo sabemos, pero tú sabes que nunca se sabe con las transferencias, a veces se demoran. Por favor, te pedimos que nos comprendas: aún queremos venderte el auto, es sólo que ya no podremos separarlo para ustedes. Si alguien nos hace una oferta este fin de semana, lamentablemente tendremos que venderlo.

Joe, siempre amable, nos dijo que no nos preocupáramos, que él entendía, además nos agradeció que hayamos estado separando el auto para él y su esposa, pero que bueno, si este fin de semana teníamos que venderlo, pues ni modo, él entendía.

Jano casi se pone a llorar. "¡Tenemos que decirle la verdad!", dijo al momento que cogía el fono, "... mejor mañana", concluyó.

Once de la mañana del sábado y suena el teléfono, "Joe calling...", decía la pantalla del celular. Nadie se atrevió a contestar. Dejó un mensaje de voz: "mi esposa y yo hemos hablado con nuestras familias y nos han prestado lo suficiente para comprar el auto, por favor devuélvannos la llamada si es que aún está disponible la cafetera, realmente la necesitamos."

¿Qué hacer? Alguien propuso llamarlos dentro de un par de horas, para postergar el trago amargo, pero sentíamos demasiados remordimientos y dejar pasar el rato significaba para Joe más tiempo esperando algo que jamás llegaría. Cogimos el fono: - Aló, habla Joe. - Joe, te habla el escuadrón. Tenemos malas noticias, vendimos la cafetera hace diez minutos. No sabes cuánto lo sentimos. Buena suerte.

Esto ocurrió hace mes y medio, hasta ahora nos acosa como un fantasma.